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.Ayer por la noche tuve el gusto de disfrutar un reportaje realizado por el historiador Felipe Pigna al escritor e historiador argentino David Viñas. En un momento de la charla, se abordó el nefasto tema de la “Campaña al desierto” acaecida sobre el último cuarto del siglo IXX y que significo uno de los hitos más lamentables de la historia argentina; haciéndose especial hincapié en la apropiación, por parte de los vencedores en la contienda, de los hijos (puntualmente del sexo femenino) de los vencidos. La campaña puesta en marcha para erradicar el “peligro indio” no resultó otra cosa que un verdadero acto de genocidio donde los vencedores, luego de muertas las madres, tomaron como prenda a los hijos de los vencidos.
Estas niñas indígenas fueron más tarde repartidas entre las familias más pudientes de la sociedad donde se las incorporó inmediatamente como personal de servicio. Allí solían cebarles mates a los dueños de casa en los enormes patios y hacer otros quehaceres junto con el resto de la servidumbre. A su vez, se las convirtió en su gran mayoría a la religión cristiana y se pasó a denominarlas “chinitas” como formula de cariño.
Pero el detalle quizás más significativo, lo aportó el historiador David Viñas al recordar con cuanta frecuencia solía suscitarse el desgraciado episodio de que dos generaciones de hombres de una casa, se encontraran a oscuras y a altas horas de la noche, introduciéndose en las habitaciónes de la chinita para exigirle sus “servicios”.
Esto, que sin ningún lugar a dudas hoy nos parecería una situación inadmisible dentro de una sociedad democrática y a cuyos actores, en la actualidad, de seguro aborreceríamos si se presentara una escena semejante, en la interpretación de nuestro legado cultural recibido por nuestros antepasados en aquellos días, no les resultaba aborrecible en absoluto, tanto así, que para demostrarlo, basta con recordar que todas las clases sociales de la época estaban al tanto de estas prácticas y como todos sabemos, no hubo una sola vestidura rasgada, ni mucho menos.
Por supuesto, debemos dar como probable que aquellas niñas indígenas, cristianas en esos momentos y por tanto en el amor de Dios, “las chinitas” como cariñosamente se las denominaba, también aceptarían como "práctica normal" esa desdichada situación que debían afrontar. Que, además, no veían en nada comprometida su integridad como seres humanos, por lo cual, debemos suponer, no sentían dolor alguno ante las reiteradas vejaciones porque no vivían esta situación desde el lugar de víctimas ya que desconocían por completo el concepto “violación”.
Debemos suponer entonces que ellas no se sentirían violadas, ya que prestaban un servicio a cambio de casa y comida. Tampoco se sentirían como una propiedad del dueño o dueños de casa, como hoy la vida misma nos gritaría en silencio para que entendamos qué sucedía, porque si así fuera, si ellas hubieran sido tomadas como una propiedad, significaría que, aún años después de redactada nuestra Constitución Nacional (modelo en su tipo) nuestra sociedad siguió "culturalmente" aceptando la práctica de la esclavitud.
Pero no, no debe ser esto lo que nos estará queriendo decir la tierra, seguramente es otra cosa. Sigamos. Es sabido por nosotros que todas las familias bien constituidas de aquellos tiempos eran fervorosos creyentes. Creían en Dios. Tanto así que, durante muchos años, fue condición sine qua non que quien tuviera intenciónes de desempeñar el cargo de presidente del estado argentino, debía profesar la religión católica apostólica romana. Una verdadera locura casi hasta jocosa en nuestros días (por lo inadmisible y discúlpenme la ironía) la exigencia de semejante condición para desempeñar un puesto ejecutivo en una democracia. Pero bien, el tema no pasa por esta religión en particular que bien pudo haber sido la protestante, la musulmana o la judía. El asunto aquí es que todas las familias eran cristianas. Y si no queremos comprender que nuestra Carta Magna y la de cualquiera de las democracias existentes, prohíben y condenan toda práctica relacionada con la esclavitud por considerar la libertad del individuo como eje central “alma” de todo derecho, entendamos al menos que La Biblia, ese libro donde se guarda la Palabra de Dios y su Ley para los hombres, debía significar algo para los creyentes de aquellos días y no sé ustedes, pero en lo particular, no he logrado hallar aún aquel párrafo donde se les ordene a los fieles cosas tales como “tratarás a tu prójimo como de tu propiedad y harás con él lo que te plazca” por el contrario, más bien, creo haber leído indicaciónes tales como “no fornicarás” o “no cometerás adulterio”. Ahora bien, si recordamos que por esos avatares de la casualidad, de pronto, padres e hijos se encontraban escabulléndose dentro de la misma habitación tras los favores de la misma ”chinita” (que evidentemente no se encontraría en posición de evitarles el disgusto a sus dueños, por no ser ella quien disponía sobre la periodicidad de los encuentros) no nos queda más alternativa que aceptar esa cierta perversión en nuestra interpretación de nuestro legado cultural, ya que, si existía la Constitución y existía La Biblia, cómo hicimos para “culturalmente” aceptar aquella situación hasta llevarla al grado de entenderla como una práctica natural.
¿Cómo hicimos?
Cómo hacemos hoy para no ver lo que culturalmente seguimos aceptando en estos días.
Las normas de comportamiento, tanto derechos como obligaciones abarcadas por nuestras leyes, no son en su esencia otra cosa que conceptos. Una Constitución no es otra cosa que un conjunto de conceptos.
Las palabras “democracia” o “libertad” son conceptos culturalmente entendidos por todos los que compartimos el idioma castellano. La palabra “libertad” no es más que una expresión de este idioma la cual bien podría significar cualquier otra cosa, pero el concepto enmarcado dentro de esa palabra no. El concepto “libertad” es un legado cultural. El legado cultural de un pueblo, su cultura, es también un concepto a la vez que un conjunto de conceptos que nos abarcan. Nuestros derechos nacen de ese conjunto de conceptos que conforman el legado cultural. Una Constitución no es más que la expresión de la cultura de un pueblo.
Supongamos que ninguno de ustedes (aunque sé que no soy el único) comparte conmigo además de mi ignorancia, la plena convicción de que todas las constituciones deberían ser actualizadas, ya no solo las de América Latina donde tantos riesgos de manipulaciones se corren, sino las del mundo entero, ya que arrastran errores de interpretación de los conceptos mismos que las originaron, y entonces, aceptamos que las actuales, en particular la de nuestro país, son en sus conceptos correctamente interpretadas y en todo eficaces, entonces, cómo es que nos las arreglamos para aceptar con tal resignación el hecho de que en este país no se aplique lo allí expresado.
¿Cómo hacemos?
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La Constitución, máxima expresión de la cultura de occidente y Ley primordial de nuestros pueblos, no es entendida. Porque si así fuera, ya que todos estamos enmarcados y representados dentro y por ella, es imposible que no se cumpla.
Una cultura viva, como todo lo vivo en nuestro planeta, crece, se adapta para mejorar, evoluciona.
Nuestros derechos son un logro supremo de nuestra cultura, son el reconocimiento expreso de un “don innato” inherente a nuestra condición de seres humanos como lo es "la libertad”.
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Con todo este palabrerío, quizás solo este queriendo decir que es evidente que no estamos viviendo nuestros derechos. Así como tampoco vivimos nuestra cultura. No vivimos en nuestros derechos como en un estado que nos debería ser el natural.
Nuestros derechos no son simplemente aquello que nos corresponde a cambio o por el solo hecho de ser seres humanos, nuestros derechos son algo mucho más importante aún "son aquello que somos".
Y creo, nos es imprecindible comenzar a "vivir" nuestros derechos para que ya no tengamos que salir a reclamar por su cumplimiento como si fueran algo que se encuentra en algún lugar apartado de nosotros mismos... y ante situaciones extremas de injusticia como estas, las cuales, además, ya no podemos ni debemos permitir.