... a la UNMdP

Universidad Nacional de Mar del PLata
... y muy en particular, a su FACULTAD de DERECHO

Pilagá - Proyecto ArteªRealidad

Creo que el reconocernos en el otro es (y lo ha sido desde siempre) una necesidad inherente al ser humano. En estos tiempos tan difíciles que nos tocan vivir, aquella antigua necesidad lentamente se ha transformado hasta llegar hoy a ser nuestra obligación.
Conocernos, reconocernos, comprendernos.
Aprender a ayudarnos para así mejorar nuestra condición como seres humanos.

ArteªRealidad "La ignorancia mata"

... no es ya un simple concepto para mí, porque la "ignorancia" sí nos mata, y no ya como una enfermedad o deficiencia del espíritu, como intentó alguna vez explicarnos la filosofía, sino como un arma real y concreta.
La conexión entre el artista, como instrumento indispensable para la creación de arte y el medio social con el cual interactúa, es sin lugar a dudas una "realidad en si misma" en la cual (de la cual) el artista no sólo participa sino que es parte principal.
Creer que un artista, aún en lo más profundo de su búsqueda interior, puede como individuo aislarse por completo de su contexto (físico o temporal) es en verdad una ingenuidad demasiado próxima a la "ignorancia" como para no ser advertida.
¿Nos matan?... utilizan esa arma para dañarnos de algún modo, pués intentemos entonces desarmar al enemigo.

Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata

1 de Noviembre de 2007.

Al fin se concreta la entrega de la escultura para la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

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Todo comenzó unos días antes, durante el transcurso de una charla con el Sr. Decano de la Facultad el Dr. Miguel Angel Acosta.
En ese entonces, él me pidió una escultura y yo acepté.
Por supuesto, demás esta decir que, habiendo a mi alrededor obras de artistas de la talla de Eros Vans, Pablo Menicucci o Miguel Canatakis, no me hizo falta ningún otro tipo de aclaración para interpretar la manera con la cual el Sr. Decano subrayó "lo importante" que sería que esta obra pasara a formar parte del "patrimonio cultural" de la Universidad.

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De todos modos (y aún durante la charla) una idea comenzó a tomar forma. Que la entrega simbólica de la obra a manos del Sr. Decano la hicieran dos integrantes de una etnia, en este caso la Pilagá (Formosa, Argentina), en representación del resto de los pueblos originarios de nuestro país.

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A decir verdad, confrontados con lo aberrante de esta realidad que nos moviliza, todo resulta un tanto anecdótico.
La situación de desamparo en la que se encuentran gran parte de las comunidades Tobas, Pilagá y Wichís, por citar tan solo algunas de las etnias más afectadas, es desesperante.
Comprender hasta cual punto nuestra "propia incomprensión" puede llegar a ser responsable, quizás nos resulte doloroso, pero sin dudas indispensable.

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La lista de casualidades que llevó a esta escultura hasta la Facultad de Derecho, además de ser interminable, hizo que me reencontrara con gente de la provincia de Formosa a la que había conocido, muy brevemente, durante la III Cumbre de los Pueblos del año 2005.
Ellos eran, entre otros, Aichak y su hijo Lachediek. Así sus nombres, aunque sus documentos (por Ley y aún a costa de hacerles atentar contra su propia identidad cultural) les obligaran a llevar nombres Hispanos. Hispanos, no en español como ligeramente solemos interpretar esta situación, ya que “en español” implicaría la alternativa de una posible traducción de sus propios nombres con la consiguiente recuperación, aunque mutilada, de su propia identidad.
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Digamos... quitar o robar parte de aquello que completa la integridad de un ser humano, debería ser un delito... coartar el derecho a su propia identidad a una persona, debería ser un crimen.
No existen razones que nos lleven a pensar de otra manera, así que tal vez lo sea.

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El solo pensar que a una persona (que hoy quizás pueda encontrarse al borde de la muerte por desnutrición) un gracioso en el pasado tuvo la divertida ocurrencia de colocarle, por ley o amparado en ella, un nombre Hispano tal como el de Carlos Gardel o Cristóbal Colón (como lo demuestran las reiteradas denuncias realizadas por el equipo de Telenoche Investiga del Canal 13 de Buenos Aires, Argentina) nos obliga a replantearnos temas que, a primera vista, pueden resultar menores pero no lo son.

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Mucho menos si comprendemos que, en la casi totalidad de las etnias aborígenes, el grueso del traspaso de su bagaje cultural es basicamente oral y que, sus respectivos dialectos (aquellos donde nacen sus nombres) son "en si" piezas clave dentro de su derecho a la identidad, entenderemos entonces como, por ejemplo, con solo quitarle a Aichak la posibilidad de utilizar su nombre (aquel que le llega como legado ancestral) podemos degradar hasta casi destruir parte de "su cultura”, ya que “Aichak” es un vocablo del dialecto Pilagá que significa “arquero” pero con una significación mucho más profunda, más cercana a “hombre con destreza en la arquería” y no hay nombre Hispano con el cual podamos reemplazar semejante traspaso de información cultural ni remotamente, aún si en verdad tuviéramos intenciones de ello.

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Si pudieramos acaso dejar a un lado lo primordial en estos momentos, como lo es la imperiosa necesidad de colocar lo humano por sobre todas las cosas y reaccionar, ir en ayuda de estas personas más allá de su condición etnica o social y salvar "la vida" que es precisamente lo que esta en juego, podríamos ver además como, lenta pero progresivamente, durante el transcurrir de la historia no hemos hecho otra cosa más que erosionar su identidad hasta el punto de hacerles casi imposible hoy en día el hacer valer sus propios derechos.
Todos sabemos que no nos haría falta el interrogarnos demasiado para hallar respuesta al por qué, aún hoy, mientras algunos de ellos mueren lentamente de la manera más cruel, así y todo, no se oyen sus voces.

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En el caso particular de los Pilagá, con no más de cinco o sies mil integrantes en total, es hoy según la O.N.U. una etnia en peligro de extinción.
"Hemos depredado la selva con lo cual hemos diezmado sus poblaciones, hemos aniquilado su cultura con lo cual hemos terminado por quitarles toda posibilidad supervivencia".
En tiempos como estos en los cuales la humanidad toda busca incesantemente respuestas, la desaparición de una sola persona es importante, es una pérdida grave, más la desaparición de toda una cultura es, además de un crimen, un acto supremo de estupidez.

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Si pudieramos descontaminarlos de tanta intromisión cultural de nuestra parte, podríamos ver cuanto y de cuál manera su conexión con la tierra es tan distinta a la de la cultura occidental, que no habría forma de que pudieramos llegar a interpretarla acabadamente valiéndonos de los procesos cotidianos utilizados por nuestra estructura de pensamiento para traducir o decodificar este tipo de información, ya que carecemos de una parte fundamental, la experiencia previa necesaria.
Dentro de su cultura ancestral, aquella que le fue legada, en algún lugar existe esta información que llega hasta ellos de manera muy especifica, casi puntual, ellos son parte de la tierra que habitan, no son dueños por la simple pocesión territorial. Los lazos que los unen a la tierra que los cobija son muhísimo más profundos que los de la simple propiedad, nuestro concepto de "la propiedad" no nos sirve para interpretar acabadamente su concepto "hijos de la tierra" ni remotamente, aún si en verdad tuviéramos intenciones de ello.

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Razón por lo cual, si quisieramos comprender su concepto "hijos de la tierra", deberíamos quizás, aunque en un primer momento nos pueda parecer un tanto descabellado, abordarlo desde otros puntos tales como nuestro concepto "vinculo familiar" desde donde podríamos introducir el concepto "amor" (como vínculo de pertenencia afectiva) de alguna manera implícito en todos los derechos tendientes a proteger el vínculo "madre-hijo".
El concepto "derechos humanos" es primordial para comprender además que, no se trata simplemente de otorgar tierras o devolver propiedades, sino que, trás su tan pisoteado reclamo sobre el derecho a la tierra, hay algo mucho más profundo, superlativo, como lo es su derecho a la identidad, la pertenencia, derechos violados tras la rotura violenta del vínculo que los unía con su madre.
"La vida, la tierra, la naturaleza son quizás una mujer, sin ningún lugar a dudas, una madre".
Nosotros, no solo hemos violado los derechos elementales de sus hijos, hemos ultrajado a la madre. Madre que hoy pide se le devuelvan sus hijos.
De eso se trata. De interpretar que no hablamos de "caridad", de dar limosna u otorgar tierras a unos cuantos desarraigados cosa que, por otro lado, tanto nos ha costado y "no hemos hecho", sino de "devolver sus hijos a una madre".
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“La cultura es una vieja gorda que no nos quiere”, dijo alguna vez la inteligencia emocional de alguien refiriéndose, muy irónicamente, a nuestra vieja (más que por antigua, por obsoleta) estructura de pensamiento.
La cultura occidental, si bien a sufrido innumerables mutaciones de toda índole, como hasta el momento la hemos venido entendiendo y decodificando ( la escasa participación del concepto “vivir” fué sin dudas el motivo aquella ironía) arrastra una suerte de error de fondo que quizás sea necesario advertir.
Por alguna extraña perversión en la interpretación de nuestro propio legado cultural, hemos aceptado, casi como una suerte de mandato y sin siquiera meditar al respecto, primero que, cuando hacemos referencia a nuestra limitada interpretación occidental del concepto “hombre” hacemos una indiscutible referencia directa al concepto “humanidad”, sin preguntarnos si esta interpretación tal como nos lo ha enseñado nuestra “cultura”, es en verdad compartida por el resto de la humanidad.
Cuando un hombre occidental dice “el hombre” dice “la humanidad”, y no se cuestiona si esa interpretación es compartida o no.

Desconociendo así la existencia de culturas de superlativa importancia como lo es el caso de la Cultura Oriental.

Sin importarle siquiera.

El conocimiento es sin dudas una herramienta que puede ser utilizada para fines muy diversos.

La cultura occidental, tal como la conocemos habrá nacido en la antigua Grecia pero ha sido criada en la vieja Europa, por lo cual no podemos desconocer determinados fines muy específicos a los cuales a servido.

El conocimiento es sin dudas hoy tanto así una herramienta como su contrapuesto “la ignorancia” es un arma.

Si unos pocos continúan utilizando ese mismo conocimiento para generar algún tipo de desconcierto y sembrar ignorancia sobre la ingenuidad de la gran mayoría. Sin dudas, no estarían cometiendo un crímen punible, ya que quienes se estarían suicidando con aquella arma (la desinformación, la ignorancia) seriamos nosotros mismos.

Aún y así, aunque estos nos hubieran puesto esa arma en nuestras manos sin advertirnos jamás del peligro que corríamos.

Lo que acabo de expresar no suena muy moral ni siquiera "legal", lo sé, no digo que este bien así, sino que es la realidad.

Desde algunos sectores se avasallan sin pudor nuestros Derechos (el de todos nosotros) hasta en lo más profundo, lo más primordial.

Y es nuestra ignorancia la que se los permite.

Por supuesto, ignorancia que esos mismos sectores sembraron, por consiguiente, permiso que ellos se concedieron por si mismos.

Digamos, que son malos pero no nada tontos, así que tratemos de no dispersarnos y volvamos.

Si aceptamos el error quizás hasta involuntario producido por el mal uso de las herramientas por parte de nuestra “cultura occidental”, entenderemos el por qué de ese tácito mandato legado a nosotros desde la vieja Europa, el cual nos empuja, casi de manera no conciente, a luchar contra la naturaleza en vez de sentirnos parte de ella.


Muy a diferencia de las etnías aborígenes “nosotros no comprendemos a la tierra como a Nuestra Madre” ni al árbol “como a Nuestro Hermano”.

Cuando nosotros decimos “el mundo” referimos inevitablemente, aún de manera aleatoria, a las cosas de los hombres exclusivamente.

Y el hombre occidental debe “vencer a la naturaleza” si quiere prevalecer.

El hombre occidental ha adaptado los conceptos de religiosidad que le fueron heredados a conveniencia de su propia interpretación de su cultura.

El hombre occidental debe poseer, dominar, imponer.

El hombre occidental de los últimos dos siglos ha heredado el concepto “propiedad” y como todos sabemos "lo ha pervertido" y ahora esta perversión de aquel concepto forma parte fundamental de nuestra cultura.

Pero la única verdad es que...

"No somos dueños de la tierra ni aún de aquella que habitamos,

sino todo lo contrario, absolutamente todos nosotros

somos parte de "SU PROPIEDAD".

Y aunque nos parezca útopico o infantil (todavía) de todos modos deberá llegar el día en el que debamos legislar al respecto.

Y desde esa perpectiva, sobre sus derechos... Los DERECHOS de la TIERRA.

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Ayer por la noche tuve el gusto de disfrutar un reportaje realizado por el historiador Felipe Pigna al escritor e historiador argentino David Viñas. En un momento de la charla, se abordó el nefasto tema de la “Campaña al desierto” acaecida sobre el último cuarto del siglo IXX y que significo uno de los hitos más lamentables de la historia argentina; haciéndose especial hincapié en la apropiación, por parte de los vencedores en la contienda, de los hijos (puntualmente del sexo femenino) de los vencidos. La campaña puesta en marcha para erradicar el “peligro indio” no resultó otra cosa que un verdadero acto de genocidio donde los vencedores, luego de muertas las madres, tomaron como prenda a los hijos de los vencidos.
Estas niñas indígenas fueron más tarde repartidas entre las familias más pudientes de la sociedad donde se las incorporó inmediatamente como personal de servicio. Allí solían cebarles mates a los dueños de casa en los enormes patios y hacer otros quehaceres junto con el resto de la servidumbre. A su vez, se las convirtió en su gran mayoría a la religión cristiana y se pasó a denominarlas “chinitas” como formula de cariño.
Pero el detalle quizás más significativo, lo aportó el historiador David Viñas al recordar con cuanta frecuencia solía suscitarse el desgraciado episodio de que dos generaciones de hombres de una casa, se encontraran a oscuras y a altas horas de la noche, introduciéndose en las habitaciónes de la chinita para exigirle sus “servicios”.
Esto, que sin ningún lugar a dudas hoy nos parecería una situación inadmisible dentro de una sociedad democrática y a cuyos actores, en la actualidad, de seguro aborreceríamos si se presentara una escena semejante, en la interpretación de nuestro legado cultural recibido por nuestros antepasados en aquellos días, no les resultaba aborrecible en absoluto, tanto así, que para demostrarlo, basta con recordar que todas las clases sociales de la época estaban al tanto de estas prácticas y como todos sabemos, no hubo una sola vestidura rasgada, ni mucho menos.
Por supuesto, debemos dar como probable que aquellas niñas indígenas, cristianas en esos momentos y por tanto en el amor de Dios, “las chinitas” como cariñosamente se las denominaba, también aceptarían como "práctica normal" esa desdichada situación que debían afrontar. Que, además, no veían en nada comprometida su integridad como seres humanos, por lo cual, debemos suponer, no sentían dolor alguno ante las reiteradas vejaciones porque no vivían esta situación desde el lugar de víctimas ya que desconocían por completo el concepto “violación”.
Debemos suponer entonces que ellas no se sentirían violadas, ya que prestaban un servicio a cambio de casa y comida. Tampoco se sentirían como una propiedad del dueño o dueños de casa, como hoy la vida misma nos gritaría en silencio para que entendamos qué sucedía, porque si así fuera, si ellas hubieran sido tomadas como una propiedad, significaría que, aún años después de redactada nuestra Constitución Nacional (modelo en su tipo) nuestra sociedad siguió "culturalmente" aceptando la práctica de la esclavitud.
Pero no, no debe ser esto lo que nos estará queriendo decir la tierra, seguramente es otra cosa. Sigamos. Es sabido por nosotros que todas las familias bien constituidas de aquellos tiempos eran fervorosos creyentes. Creían en Dios. Tanto así que, durante muchos años, fue condición sine qua non que quien tuviera intenciónes de desempeñar el cargo de presidente del estado argentino, debía profesar la religión católica apostólica romana. Una verdadera locura casi hasta jocosa en nuestros días (por lo inadmisible y discúlpenme la ironía) la exigencia de semejante condición para desempeñar un puesto ejecutivo en una democracia. Pero bien, el tema no pasa por esta religión en particular que bien pudo haber sido la protestante, la musulmana o la judía. El asunto aquí es que todas las familias eran cristianas. Y si no queremos comprender que nuestra Carta Magna y la de cualquiera de las democracias existentes, prohíben y condenan toda práctica relacionada con la esclavitud por considerar la libertad del individuo como eje central “alma” de todo derecho, entendamos al menos que La Biblia, ese libro donde se guarda la Palabra de Dios y su Ley para los hombres, debía significar algo para los creyentes de aquellos días y no sé ustedes, pero en lo particular, no he logrado hallar aún aquel párrafo donde se les ordene a los fieles cosas tales como “tratarás a tu prójimo como de tu propiedad y harás con él lo que te plazca” por el contrario, más bien, creo haber leído indicaciónes tales como “no fornicarás” o “no cometerás adulterio”. Ahora bien, si recordamos que por esos avatares de la casualidad, de pronto, padres e hijos se encontraban escabulléndose dentro de la misma habitación tras los favores de la misma ”chinita” (que evidentemente no se encontraría en posición de evitarles el disgusto a sus dueños, por no ser ella quien disponía sobre la periodicidad de los encuentros) no nos queda más alternativa que aceptar esa cierta perversión en nuestra interpretación de nuestro legado cultural, ya que, si existía la Constitución y existía La Biblia, cómo hicimos para “culturalmente” aceptar aquella situación hasta llevarla al grado de entenderla como una práctica natural.
¿Cómo hicimos?
Cómo hacemos hoy para no ver lo que culturalmente seguimos aceptando en estos días.
Las normas de comportamiento, tanto derechos como obligaciones abarcadas por nuestras leyes, no son en su esencia otra cosa que conceptos. Una Constitución no es otra cosa que un conjunto de conceptos.
Las palabras “democracia” o “libertad” son conceptos culturalmente entendidos por todos los que compartimos el idioma castellano. La palabra “libertad” no es más que una expresión de este idioma la cual bien podría significar cualquier otra cosa, pero el concepto enmarcado dentro de esa palabra no. El concepto “libertad” es un legado cultural. El legado cultural de un pueblo, su cultura, es también un concepto a la vez que un conjunto de conceptos que nos abarcan. Nuestros derechos nacen de ese conjunto de conceptos que conforman el legado cultural. Una Constitución no es más que la expresión de la cultura de un pueblo.
Supongamos que ninguno de ustedes (aunque sé que no soy el único) comparte conmigo además de mi ignorancia, la plena convicción de que todas las constituciones deberían ser actualizadas, ya no solo las de América Latina donde tantos riesgos de manipulaciones se corren, sino las del mundo entero, ya que arrastran errores de interpretación de los conceptos mismos que las originaron, y entonces, aceptamos que las actuales, en particular la de nuestro país, son en sus conceptos correctamente interpretadas y en todo eficaces, entonces, cómo es que nos las arreglamos para aceptar con tal resignación el hecho de que en este país no se aplique lo allí expresado.
¿Cómo hacemos?
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La Constitución, máxima expresión de la cultura de occidente y Ley primordial de nuestros pueblos, no es entendida. Porque si así fuera, ya que todos estamos enmarcados y representados dentro y por ella, es imposible que no se cumpla.
Una cultura viva, como todo lo vivo en nuestro planeta, crece, se adapta para mejorar, evoluciona.
Nuestros derechos son un logro supremo de nuestra cultura, son el reconocimiento expreso de un “don innato” inherente a nuestra condición de seres humanos como lo es "la libertad”.
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Con todo este palabrerío, quizás solo este queriendo decir que es evidente que no estamos viviendo nuestros derechos. Así como tampoco vivimos nuestra cultura. No vivimos en nuestros derechos como en un estado que nos debería ser el natural.
Nuestros derechos no son simplemente aquello que nos corresponde a cambio o por el solo hecho de ser seres humanos, nuestros derechos son algo mucho más importante aún "son aquello que somos".
Y creo, nos es imprecindible comenzar a "vivir" nuestros derechos para que ya no tengamos que salir a reclamar por su cumplimiento como si fueran algo que se encuentra en algún lugar apartado de nosotros mismos... y ante situaciones extremas de injusticia como estas, las cuales, además, ya no podemos ni debemos permitir.

Manuel

Con mi hijo Manuel, a quien le debo muchísimo, infinitamente, porque le debo todo eso que le debo más "todo aquello que él nunca me cobraría" y que es sin dudas la deuda más grande que tengo con él.
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